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Ensalada de patata alemana con arenques

Foto © Laura Batalla

Foto © Laura Batalla

 

Cuando oímos hablar de ensalada alemana, lo primero que nos viene a la memoria es esa cosa que perpetran en muchos bares, con patata recocida, trozos de salchicha fría y poco apetitosa y unos pepinillos que hace años que hicieron la mili. Pero las ensaladas alemanas auténticas poco o nada tienen que ver con esa tapa capaz de asustar al miedo (y, si me apuráis, también a un berlinés). La que propongo, oriunda de Stuttgart, es ligeramente agridulce –por la combinación de azúcar y vinagre de manzana– y perfecta para ir de picnic. He añadido unos arenques, también típicos de la zona, para completarla a nivel nutricional.
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Hamburguesa de bonito con puré misterioso

Foto © Laura Batalla

Foto © Laura Batalla

 

La plancha y el tupper tienen una relación complicada, vaya eso por delante. Los filetes de pechuguita vuelta y vuelta que nos apañan cualquier cena o comida rápida y ligera en casa se convierten fácilmente en una suela de zapato incomestible después de pasarse unas horas en un tupper y ser recalentadas en un microondas. El horno, el estofado o la misma pechuga cocinada entera mantendrán mucho mejor su jugosidad y nos los podremos comer sin que, como decíamos de pequeños, “se haga bola”. Pero si hay un formato en el que estos dos conceptos se reconcilian, ese es la hamburguesa. Sobre todo si la preparamos en casa, primero porque controlaremos mejor la calidad de los ingredientes, segundo porque podemos prepararla a nuestro gusto y añadirle lo que nos apetezca (y la haga más jugosa) y tercero porque nos permitirá dar salida a alimentos que tengamos en la nevera o el congelador. Hoy he escogido el atún precisamente por eso, para optimizar los restos de un “llévate la pieza entera, nena, que te la arreglo” al que no me pude resistir y que llevaban ya unas semanas en el congelador. El truco es no cocinar demasiado la hamburguesa (especialmente si es de pescado), contando con que el toque de microondas hará parte de esa labor. Por eso mismo, es importante que no pase demasiado tiempo fuera de la nevera. Y recordad que el atún rojo está en peligro de extinción, usad bonito o algún otro pescado que esté como “recomendado” o “aceptable” en las listas de la WWF.

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Calabaza asada con lentejas y vinagreta dulce

Foto © Laura Batalla

Foto © Laura Batalla

 

Sí, otra vez calabaza. Sufro de calabacitis aguda (no está diagnosticada, como tampoco lo está mi berenjenitis, pero sé que las sufro porque me lo dicen las vocecitas que viven dentro de mi cabeza, las mismas que hacen que sin darme cuenta esté yendo a comprar Clamato o palomitas dulces de colorinchis), y a este paso os la voy a contagiar. Pero, ¿cuántos alimentos ofrecen una capacidad saciante como la de esta cucurbitácea por solo 20 calorías cada 100 gramos? Además tiene un alto contenido en fibra, es depurativa y todas esas cosas que se agradecen cuando aún te rondan los excesos de las fiestas. ¿Alguna razón más para captaros para mi secta de adoradores de la calabaza? Pues sí: está en plena temporada y a un precio razonabilísimo. ¿Ya estamos todos convencidos? Pues ale, cerrad la puerta, encendamos el incienso, poneos la túnica y a cocinar.

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Estofado de invierno de verduras y buenos propósitos

Hola, soy todo buenas intenciones Foto © Laura Batalla

Hola, soy todo buenas intenciones
Foto © Laura Batalla

 

Bueno, bueno, bueno, después del parón navideño volvemos al trabajo y a los tupper. Supongo que ahora este blog tiene más sentido que nunca porque: a) la broma de los regalos, el vamos-a-comprar-unas-vieiras-que-no-pasa-nada-y-ya-de-paso-cuarto-y-mitad-de-foie-y-una-de-Moët, las copas por ahí día sí día también con amigos y demás ha dejado de hacer gracia y ha tomado carices dramáticos en forma de cuentas corrientes temblorosas. Y b) ahora hay que comer más deprisita que nunca porque vamos a usar la pausa del mediodía para menesteres más elevados.
O sea: vamos a ir al gimnasio.

Y esta vez sí, eh. Esta vez va en serio. Nada de dos estiramientos, un chapoteo en la piscina, un ratito en el jacuzzi y una caña en el bar porque “oye, que tanto ejercicio me ha dado sed”. No, no, no, no. Esta vez seremos ATLETAS, así con mayúsculas. Chúpate esa, Leroy Johnson. Somos primos hermanos de Speedy Gonzales. La corriente de aire que le tirará la capucha hacia atrás a Josef Ashram en su próximo inronman, cuando le adelantemos saludándole con la manita. ¿Nos veis? Sí. Esos somos nosotros.

Por supuesto, en este tupper solamente entrarán verduras y proteínas bajas en grasas, porque sospechamos que ese dolor del dedo gordo puede no ser resultado de la toña que nos dimos contra la pared bailando Gagnam Style ligeramente beodos con la abuela, sino un principio de gota. Chiquicientos quilos de langostinos (con su correspondiente salsa cóctel), cocidos, carn d´olla, canelones, cochinillo, sopa de almendras o cualquiera de las ultracalóricas recetas con las que cada Navidad nuestras familias (sí, las mismas que después te dicen “parece que te has puesto un poco gocho/a, ¿no? A ver si te cuidas…”) nos ceban como a gorrinillos pachones tienen que tener alguna consecuencia, claro. Pero eso se acabó, nuestro yo atlético, ese que ahora mismo vive enterrado bajo una simpática capa de grasa, está a punto de volver a la vida cual Ave Fénix.

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Crema de calabaza y gambas para superar traumas

 

Calabaza, zanahoria y gambas son amigas Foto © Laura Batalla

Calabaza, zanahoria y gambas son amigas
Foto © Laura Batalla

 

Ahí va una confesión para empezar: durante bastante tiempo les tuve mucha manía a las cremas de verduras. La “culpa” de esto –lo entrecomillo porque yo por aquel entonces debía tener ocho años, y recuerdo que adoraba a David el Gnomo y a mi Nancy Selene, pero los inicios concretos de este trauma se me escapan un poco, aunque por ahí deben ir los tiros– la tenía el puré que servían en el comedor de mi colegio. Bajo el nombre genérico de “puré de verduras”, una vez a la semana (siempre en lunes, con alevosía) nos servían una cosa viscosa de color verde oscuro con una amalgama de sabores que todavía hoy me es imposible identificar. Los alumnos, desde parvulitos hasta octavo de EGB, llamábamos a ese plato “mocos de elefante”, sin cortarnos un pelo. Una vez me obligaron a comérmela entera, y menudo drama. Ese día y otro en el que TODOS los niños montamos una guerra de trozos de pan son mis recuerdos más nítidos del comedor del cole.

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Salteado asiático exprés para un día tonto

 

Se hace y se come sin sentir  Foto © Laura Batalla

Se hace y se come sin sentir
Foto © Laura Batalla

 

Hay días en los que no estás para cocinar. No estás inspirado, no te apetece porque has leído el periódico y odias al mundo entero (y con motivo) o no tienes tiempo. A ti te pasa, a mí me pasa, y seguro que hasta a Jamie Oliver y Martha Stewart les pasa. Para esos días solemos tener dos soluciones: una, el socorrido bocata (que también tienen su aquel), dos, el menú del día. Pero como esto va de comer bueno, bonito, barato y deprisa, os voy a dar una tercera opción que a mí siempre me funciona y se hace tan deprisa que casi no se puede considerar cocinar.

Le llamo salteado porque se hace poco tiempo y a fuego rápido, asiático porque el resultado es un poco agridulce (aunque en realidad sería más bien salácidulce, si esa palabra existiera) y porque algunos de sus ingredientes son típicos de esa cocina, pero vamos, la receta es pura fantasía. Yo la he preparado con cabeza de lomo y piña, pero admite variantes mil dependiendo de lo que orbite por tu nevera en el momento de cocinar. ¿Vegetarianos? Tofu y seitán le irán estupendo. ¿Que sois más de pescado? Unos trocitos de salmón o atún, y tan ricamente. ¿Que la fruta con la fruta y lo salado con lo salado? Pues zanahoria, pimiento rojo y verde, y a disfrutar. ¿Que es lunes y la nevera parece un camposanto? Restos de verduras y un par de huevos revueltos. Lo que sí es importante es que todos los ingredientes acepten una cocción corta y a fuego rápido. El resto, a vuestra elección.

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Albóndigas con sepia de la yaya Antonia

 

Parecemos unas albóndigas inofensivas, pero somos la perdición… ¡y estamos listas para meternos en el tupper!

Parecemos unas albóndigas inofensivas, pero somos la perdición… ¡y estamos listas para meternos en el tupper!
Foto © Laura Batalla

 

Las albóndigas son una de mis comidas favoritas, desde siempre y (a no ser que sufra una abducción extraterrestre y me sorban el cerebro o algo así) hasta el fin de mis días. Saben a infancia, a abuela que te quiere con locura, a menú de viernes en el comedor del cole y a esos años felices en los que no teníamos que preocuparnos por la cantidad de pan que mojábamos en las salsas. Me gustan de ternera y cerdo, de salmón, de atún, de soja texturizada, con tomate, con salsa de almendras, a la cazadora o con berenjenas, pero las que me permiten dar rienda suelta a mi locura albondiguesca junto a otra de mis pasiones, la combinación de alimentos mar y montaña (muy habitual en la cocina catalana), son las que hacía mi yaya Antonia, la madre de mi padre.

 

Una de esas señoras acostumbradas a cocinar para 30 sin perder la sonrisa, que para dormirme me cantaba Dónde vas Alfonso XII –sin sospechar que todo ese drama de no encontrar a Mercedes y que al final la señora hubiera doblado la servilleta no me predisponía precisamente al sueño–, que se colaba en los bailes de jovencita pintándose las piernas con pimentón (porque el presupuesto no les daba para medias) y que una vez, durante la posguerra persiguió durante quilómetros un carro lleno de sacos de legumbres del que caían unas cuantas lentejas para dar de comer a su familia. Una abuela como tantísimas otras, cuya razón de ser pivotaba alrededor de los fogones y cuya manera de demostrar amor pasaba por cebarte a todas horas como a un gorrinillo pachón. Mi versión es bastante fidedigna, manteniendo cosas importantes como el puntito de chocolate y la canela, pero las he adaptado al siglo XXI reduciendo considerablemente la cantidad de grasa del plato. Como están pensadas para ser plato único, esta versión lleva patatas (veréis en la foto que no tienen demasiada salsa, eso es porque estas ya han integrado una parte de la misma), pero si os apetece más hacerlas tal cual y mezclarlas con arroz, polenta o un buen trozo de pan, prescindid de los tubérculos y tendréis una generosa cantidad de salsa para marranear a gusto. También podéis variar las proporciones de ternera y cerdo de las albóndigas como os apetezca: yo hago mitad y mitad porque me parece que quedan más jugosas, y por el mismo motivo (y el de ahorrarle grasas al plato) también las cocino directamente en la salsa, sin pasarlas por harina o pan rallado ni freírlas antes. Y no, no se rompen. Y si no tenéis tiempo de hacer las pilotilles (como las llamaban en mi casa), podéis cambiarlas por una buena butifarra, y la sepia por unas gambas o cigalas. En fin: Aquesta va per tu, iaia. Siguis on siguis, t´estimo. 

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Quiche de brócoli, gorgonzola y nueces

 

Ñam ñam ñam!

Ñam ñam ñam!
Foto © Laura Batalla

 

La receta de hoy es la mar de apañada, y lo mismo te sirve para ser la envidia de la oficina que para solucionar, con un esfuerzo mínimo, una cena con los amigos. Eso es lo que tienen las quiches, que con un poco de imaginación y los restos de cualquier cosa que ronde la nevera te permiten hacer un plato completo y de lo más resultón (y más desde que existen las masas preparadas frescas y de una calidad más que digna). A mí me gustan especialmente con verduras, porque su textura más bien ligera compensa bien la relativa pesadez de la masa y el relleno, con su nata, su huevo y su mantequillaza.

 

También van muy bien para colarles este tipo de vegetales a los niños, sobre todo a los que –como dice mi hijo Elvis– “no son tan fans” de lo verde. Que no digo que todas las criaturitas sean verdefóbicas, pero desgraciadamente haberlos, haylos. Aunque mi propuesta incluye brócoli, gorgonzola y nueces, os animo a que la tuneéis al gusto (o según lo que tengáis en la despensa) y la preparéis como más os apetezca. ¿Cambiar las nueces por pasas? Estupendo. ¿El brócoli por calabacín? También (aunque mejor si lo hacéis un poco al vapor o salteado con muy poco aceite, para que no quede pesado). ¿El gorgonzola por bacon, salmón o brie? ¡Pues claro! El caso es tener siempre una masa preparada en la nevera para solucionar cualquier eventualidad y triunfar si, como le pasaba a Isabel Presley en este anuncio, aparecen 50 invitados por sorpresa. Además, especialmente ahora que ya hace frío, ¿no os da mucha sensación de hogar un horno encendido? Es como la chimenea de los que no tenemos chimenea…

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Ensalada de quinoa, calabaza, calabacín y tofu marinado en miso

Ensalada quinoa

 

Ahora que ya hemos compartido un par de recetas, ya podemos empezar a conocernos. Comparto mi vida con alguien que, como dice un amigo común “sufre un grave caso de vegetarianismo”. Desde los 19 años – y hace ya casi 17 de eso no voy a decir cuando hace de eso porque soy una señorita y podéis descubrir que tiene casi 36 añazos su provecta edad–, no come nada que ande, se arrastre, tenga madre o tenga cara, y más cosas que seguro que se me pasan porque es un código muy estricto y yo una persona con mucha relajación de costumbres, como Björk.

El caso es que por empatía, salud y un montón de motivos más –entre ellos el absoluto convencimiento de que no es necesario atiborrarse de proteínas animales a diario como símbolo de primermundismo mal entendido– me encanta la cocina vegetariana y vegana. Aunque a los profanos en la materia les pueda parecer que las proteínas veganas procesadas –como el seitán o la soja texturizada– pueden tener un sabor y textura extraños, el resultado depende mucho de cómo y con qué se preparen. Por ejemplo,hoy usaremos el tofu, una especie de queso de soja muy utilizado en la cocina asiática. Aunque hay muchos tipos de tofu, por estos lares se encuentran fácilmente tres: el blando, el firme y el ahumado. Por si mismos, especialmente los dos primeros, no tienen mucho sabor, pero son perfectos para marinar porque absorben el sabor de lo que los rodea con facilidad.

Aprovechando esta virtud de este queso de soja (rico en proteínas, bajo en grasas y lleno de propiedades saludables, siempre que no provenga de soja transgénica) , he preparado una ensalada vegana: un plato completo, energético y equilibrado. Y además, lleno de color, que en estos días otoñales grises siempre es un plus.

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El curry favorito de Xisca

El curry de Xisca

Foto © Laura Batalla

 

La comida es la base de una buena parte de mis relaciones sociales, sobre todo desde que tengo hijos y “ven a cenar a casa y tomamos unas cervezas” se ha convertido en el nuevo “vamos a salir a bailar y a hincharnos a gintonics toda la noche, que mañana tendremos la cabeza como un bombo pero no pasará nada porque podemos tomarnos el día libre“. Por eso algunos de los platos que publicaré aquí tienen nombre de persona, porque por algún motivo (me gusta pensar que el motivo es que están muy buenos) se han convertido en los favoritos de alguien.

 

Hoy le toca a Xisca, una gran amiga y excompañera de trabajo a la que le hacen los ojos chiribitas cuando le digo que voy a preparar curry. Aunque difícilmente lo preparo dos veces con los mismos ingredientes (es un plato que se lleva bien con la improvisación, perfecto para aprovechar verduras antes de que se momifiquen en la nevera), el que os propongo hoy incluye manzana, que junto con el picante y el punto aromático del curry y la leche de coco hacen una combinación ganadora de texturas y sabores. Yo lo he combinado con arroz bomba porque el aroma a nuez del Basmati a veces me resulta demasiado al combinarlo con la leche de coco, pero se puede comer casi con cualquier cosa que sirva para empapar una salsa: quinoa, cous cous, bulgur, pan naan o –menos étnico pero igual de efectivo– un buen pan de hogaza. Las cantidades son para cuatro tupper porque es un plato que congela la mar de bien, así que podéis haceros con una pequeña reserva para esos días en los que te has ido a tomar una copa has dormido mal y claro, no has podido cocinar. Y para terminar, por favor, no asesinéis este plato haciéndolo con pechuga: el filete de contramuslo, mucho más meloso y amigo de las cocciones largas (al menos en trozos pequeños), es perfecto.

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